Breadcrumbs
Inicio / LA ADOLESCENCIALA ADOLESCENCIA Una "enfermedad" que se cura con el tiempo.
Desde que nacen, nuestros hijos son seres en continuo cambio. Su proceso de maduración y crecimiento es, para nosotros, fuente diaria de satisfacción en cada descubrimiento que hacemos sobre sus progresos. Pero en este camino de satisfacciones y esperanzas aparece una etapa caracterizada por "turbulencias", la adolescencia. Dicen que la adolescencia es la etapa que genera sensaciones y sentimientos más dispares. Constituye una preocupación para los padres que ven como va iniciándose en sus hijos, es desasosiego, desconcierto, para los padres cuyos hijos la están pasando y alivio para los padres que descubren como, poco a poco, sus hijos la han superado.
La evolución en su etapa de bebés y de niños es sosegada y continua, pero llega un momento en el que el cambio es más fuerte. Crecen y nos descolocan. Dejan de ser aquellos niños que eran y comienzan a ser otros seres diferentes, pero que todavía no son adultos. Son seres en puro cambio. Sus comportamientos, sus actitudes alternativamente de niños y de adultos nos sorprenden, nos generan desconcierto y preocupación pues, muchas veces, no sabemos como reaccionar pues no acaban de ser ni lo uno ni lo otro.
En esta etapa sus formas de comportamiento, su lenguaje, sus poses, sus cambios impredecibles entre la abulia y la hiperactividad incluso sus bruscas reacciones, generan en nosotros sentimientos de inseguridad, incluso de culpabilidad pues llegamos a dudar si les hemos dado la educación correcta.
Evidentemente nos cuesta comprender que no son ni niños ni adultos, son otra cosa, son adolescentes y esta es una etapa de cambio, fundamental en la construcción de su futura personalidad. En esta etapa son pura inestabilidad y provisionalidad. Gran parte de lo que hacen y de lo que son es absolutamente condicional y depende del momento concreto en el que están. Por suerte ese estado inestable, en el que viven, evolucionará hacia la normalidad siempre y cuando los adultos no lo compliquemos con nuestras reacciones. Hay que evitar a toda costa considerar como problemas irresolubles lo que son crisis y situaciones normales en esta etapa que, aunque no lo recordemos, también nosotros pasamos. La única diferencia es que en estos tiempos la adolescencia dura más pues las situaciones con las que se enfrentan son más benignas. Hace décadas la incorporación mucho más temprana al mundo laboral, incluso al matrimonio, hacía que la adolescencia fura más corta pues debían asumir responsabilidades antes, cuando aún no estaban preparados, lo que llevo a la frustración a muchos adultos. Aunque problemática e incomoda, mejor que la adolescencia siga su curso natural para lograr adultos equilibrados y felices en el futuro. No tengamos prisa.
Problemáticos en unas ocasiones, encantadores en otras, no dejan de sorprendernos y no debemos olvidar que son lo que son en relación con nosotros, con nuestras actitudes y nuestras reacciones. Desde su perspectiva, muchas veces, tienen motivos para irritarse con nosotros. Ese desconcierto que nos generan hace que en unos momentos les tratemos como niños y en otros como adultos y, aunque este trato responde a sus propios cambios de actitud, a ellos les molesta pues les genera inseguridad. Para intentar comprenderlos imaginemos por un momento que nosotros no sabemos qué o quiénes somos, qué hemos perdido nuestra propia imagen e identidad y que todavía no hemos logrado adquirir una nueva, ¿cómo nos sentiríamos?.
Los primeros síntomas de esta nueva situación aparecen en la etapa que llamamos preadolescencia y que coincide con el inicio de los principales cambios físicos. Ellos mismos no reconocen ni su propio cuerpo. Hoy se levantan y les ha cambiado la voz, mañana descubren unos brazos largos, un cuerpo desgarbado, y es ahora justo cuando empiezan a fijarse en los otros chicos y chicas, cuando descubren que su cuerpo cambia y, de momento, les parece que el cambio es a peor. Por suerte es un proceso de transición y no un estado fijo. Esta etapa comienza a despuntar sobre los once años, aunque no hay un momento exacto, depende de cada individuo y, desde luego, aparece mucho antes en las chicas que en los chicos. Es difícil establecer el final de la adolescencia, pero en el mejor de los casos tendremos que sufrirla juntos, ellos y nosotros, al menos hasta los diecisiete o dieciocho años. En esos años entre los primeros síntomas y la entrada en una juventud más o menos estable, la situación de crisis no será continua, habrá momentos de gran intensidad y momentos de mayor sosiego y normalmente culminará con unos meses de intensa adolescencia, antes de pasar a convertirse en jóvenes.
Los adolescentes y las adolescentes son personajes en continua búsqueda, intentan practicar nuevas identidades a trompicones en la continua inestabilidad del que, por un lado, se siente que no es nada y, por otro, ejerce una autoafirmación por considerar que tiene todo el mundo por delante. En esta situación emocional tan intensa, muchas veces desbordante, se agolpan emociones y sentimientos intensos, entusiasmos y desconsuelos, dinamismo y aburrimiento. Una de las necesidades que tienen y en la que, con delicadeza y cuidado, podemos echarles una mano es en que comiencen a gestionar con menor dificultad su mundo interior.
Tenemos que ser conscientes de que empiezan a dejar de ser niños y niñas y hemos de ensayar otras formas de relacionarnos con ellos. Mientras ellos inician los primeros pasos de su independencia nosotros tenemos que ir aprendiendo, poco a poco, a soportar sus bufidos, su mal genio y sus cambios de humor.
Otro aspecto fundamental en la realidad diaria del adolescente es su grupo de iguales. No hay adolescente sin grupo y en casi todos sus asuntos -positivos o negativos- andan con más gente. Es incontestable que la llegada de la adolescencia no afecta sólo a nuestro hijo o hija, coincide con la de la mayoría de sus compañeros, amigos y colegas pues tienen una edad similar.
En el referente vital del adolescente el grupo ocupa el primer lugar relegando al último a los mayores, especialmente los de su entorno familiar. Cuando el adolescente otorga un nuevo peso al grupo está expresando una manera de compartir el malestar, la sensación de extrañeza permanente que le envuelve. El tener a una persona en situación parecida a su lado le hace sentir menos extraño, le permite compartir malestares y entusiasmos con otros iguales y de este modo se siente comprendido por los otros, por sus amigos y amigas cuando no lo sienten de sus mayores. Es el tiempo en el que nacen sentimientos de pertenencia al grupo, de formar parte, de compartir alguna cosa en común. Sus estilos de lenguaje, de vestir, de pensar, de vida… son compartidos. El grupo de iguales le ofrece un lugar donde puede ser alguien. Está inquieto por el temor de no sentirse nada ni nadie y el grupo es un buen lugar de ensayo, entre colegas, para probar papeles sociales diferentes, unas veces serios, otras gamberros, otras comprometidos, superficiales…
El grupo de adolescentes tiende a reforzarse con unos gustos (música, manera de vestir, símbolos…) llegando en ocasiones a constituir "tribus urbanas", grupos cerrados que destacan en algún aspecto concreto para diferenciarse de otros y afirmar una fuerte identidad.
También nos pueden sorprender los cambios de amigos, de colegas pero debemos tener en cuenta que, en la adolescencia, deja de ser dominante el grupo escolar que hasta ahora constituía mayoritariamente su núcleo de amistades. Aparece la multiplicidad de pertenencias grupales, los cambios en el tipo de liderazgo, los nuevos cabecillas… A menudo asistiremos a rupturas de amistades, a desconsuelos provocados por las exclusiones, los enfados y, la mayor parte de las veces, los malos entendidos, a momentos de soledad forzada y a búsquedas de nuevas agrupaciones.
Como padres, cuando nuestros hijos inician la adolescencia, de repente todo nos parece un problema, un riesgo: la posibilidad de que abandonen sus estudios, las primeras experiencias sexuales, probablemente inapropiadas, el acercamiento a alguna droga legal o no… Recordad que la angustia no es buena consejera. Hay que desdramatizar antes de buscar respuestas o soluciones. La receta está en la paciencia y la esperanza. La mejor respuesta es trabajar por seguir con ellos un estilo de relación, una propuesta educativa basada en la paciencia y la esperanza. Los adolescentes son unos grandes consumidores de paciencia y, para que no logren acabar con la nuestra, debemos evitar las "explosiones" y trabajar "su" y "nuestra" autoestima como exponíamos en las semanas pasadas. Tener paciencia es resistir, evitar lanzarlo todo por la borda en el momento más inoportuno, y sobre todo quitarle hierro a los conflictos. Algún día pasará esta "tempestad" y todo será de otra manera. La paciencia no es resignación pasiva, es la actitud del educador que se afianza desde el convencimiento de que algún día conseguirán ser diferentes. Pero lo cierto es que, como padres, somos impacientes, quisiéramos ver de un día para otro los cambios que nosotros queremos y, al mismo tiempo, nos agobian sus constantes cambios y descubrimientos que no responden a nuestras expectativas.
Las características del cambio.
En la evolución de la persona, la adolescencia es una etapa crucial que empieza con la pubertad y que termina al iniciarse la vida adulta, entendiendo por pubertad el momento en el que las glándulas sexuales empiezan a adquirir madurez anatómica y fisiológica apareciendo los caracteres sexuales secundarios.
En ningún caso se puede establecer una edad fija del comienzo de esta etapa, aunque puede situarse entre los once y los trece años, empezando, por regla general, antes en las niñas que en los niños. El período de máxima ebullición en el cambio se produce en las chicas sobre los doce años y en los chicos sobre los catorce. Ellas culminan su desarrollo entre los quince y los dieciocho mientras que ellos no complenta la formación de su morfología masculina hasta los veinte o veintidós.
En la adolescencia se desarrollan importantes modificaciones físicas y psíquicas que son pasos imprescindibles para alcanzar la etapa adulta. El adolescente abandona su cuerpo de niño y adquiere las formas anatómicas y las funciones propias de los adultos de su sexo. En los chicos cambia la voz que se vuelve más grave, empieza a desarrollarse la barba y aparece la posibilidad de eyacular semen. En las niñas se desarrollan los pechos, se producen modificaciones en el área pelviana y en el útero y se produce la primera regla. En ambos casos se modifican, a veces muy notablemente, las facciones y cambia algo la estructura general del cuerpo, aumentando la estatura y el peso y crece el vello, particularmente en el pubis y en las axilas. El primer síntoma de ese proceso de maduración sexual suele ser el conocido "estirón".
Desde el punto de vista psicológico los cambios están condicionados especialmente por las relaciones con los otros. Durante la adolescencia se produce un cambio del centro de sus intereses que cambia del ámbito familiar hacia el extrafamiliar. Este cambio no suele ser gradual o lento, sino que se produce de forma intermitente y brusca produciendo fricciones y conflictos en las relaciones familiares. En el ámbito familiar, el adolescente, se encuentra en un estado de subordinación, mientras que con sus amigos puede experimentar una situación de igualdad o incluso de superioridad. Como padres debemos ser comprensivos hacia sus nuevas necesidades, pues nosotros sabemos que es una etapa normal en su proceso de crecimiento y no debe preocuparnos ni agobiarnos. En ningún caso debemos dramatizar, lamentarnos ni reñirles porque hagan menos vida familiar que antes, siempre y cuando estas nuevas conductas no sean exageradas o de riesgo.
Como "ya no son unos niños" lo natural es que busquen más independencia y valerse más por sí mismos, por eso les resulta muy molesto que los padres continúen dirigiendo sus vidas y se inmiscuyan en el menor detalle. Ellos están cambiando y nosotros también tenemos que cambiar nuestra actitud hacia ellos.
El adolescente es plenamente consciente de su desarrollo sexual y de las modificaciones que ha alcanzado su propio cuerpo. Ya no es el niño que era antes y le fastidia que sus padres se empeñen en seguirle tratándole como tal. Como va escogiendo sus nuevas amistades y actividades se rebela si los adultos no le dan la libertad y autonomía que él considera que merece.
Esta fase de transición produce una situación ambivalente, por una parte sigue necesitando el amor y dirección de los padres, pero por otra el hecho de manifestarse así le parece un exceso de debilidad o de dependencia. Su aspecto de autosuficiencia suele ser una mascara para camuflar, ante los demás, sus propias dudas y vacilaciones interiores.
Algunos investigadores establecen una relación directa entre las relaciones intrafamiliares positivas y el grado de aceptación y estima que experimenta el adolescente en el grupo de amigos, encontrando que, los muchachos cuya convivencia familiar está regida por las fricciones, son menos cooperadores y desenvueltos socialmente que aquellos otros que conviven en un ambiente familiar cordial y prudentemente permisivo hacia sus necesidades.
Esta también es la etapa de los conflictos emocionales. La transición de la primacía de las relaciones familiares hacia la primacía de las relaciones de los amigos estará marcada por la empatía que sea capaz de desarrollar. Los adolescentes que han conseguido desarrollar esa empatía con los adultos en las fases anteriores, serán capaces de afrontar con empatía las nuevas relaciones entre iguales. Los que están más preocupados consigo mismos y con su situación de crisis, tienen menos posibilidades de empatía y engendrarán un período de ansiedad. Esta situación agravará la tensión, propia de la edad, acerca de las expectativas sobre cómo le considerarán los demás a él y a sus nuevos comportamientos y roles. Si pudiéramos clasificar estas expectativas, por la importancia que ellos mismos les otorgan, el primer lugar lo ocuparía el deseo de agradar a los demás, el segundo el hacer nuevas amistades, el tercero el no inspirar lástima en ningún momento, el cuarto la mejora física con el cambio de peso (ganar o perder) y el quinto obtener éxito social. Por lo general estas expectativas tienen mayor importancia en las chicas que en los chicos pues estos las canalizan más hacia la agresividad física y el deporte, mientras que ellas las canalizan en ámbitos de relación social, teniendo más ocasiones para quedar bloqueadas.
Hasta ahora hemos analizado el papel del adolescente en el ámbito familiar y en esta ocasión sus características psicológicas. En la próxima reflexión estudiaremos la situación de la sexualidad adolescente.
LA ADOLESCENCIA III
Sexualidad adolescente.
En la evolución de la persona, la adolescencia es una etapa crucial que empieza con la pubertad y que termina al iniciarse la vida adulta, entendiendo por pubertad el momento en el que las glándulas sexuales empiezan a adquirir madurez anatómica y fisiológica apareciendo los caracteres sexuales secundarios.
En las anteriores reflexiones sobre la adolescencia decíamos que la pubertad suponía el comienzo de esta etapa y que por pubertad se entendía el momento en el que las glándulas sexuales empiezan a adquirir madurez anatómica y fisiológica. El final se produce cuando la anatomía, masculina o femenina, alcanza la completa formación de la morfología adulta. Si el comienzo, duración y final de la adolescencia está marcado por el desarrollo anatómico de los caracteres sexuales, es indudable que al sexualidad juega un papel importante en ella.
La adolescencia es una etapa de cambio, de transición. El niño, la niña, empiezan a descubrir en su cuerpo una serie de cambios que le desconciertan. La maduración de los caracteres sexuales secundarios (vello, rasgos faciales, caderas…) y la maduración funcional de los órganos reproductores abren un nuevo mundo ante los ojos del adolescente y llenan su cabeza de nuevas expectativas, de nuevas dudas, de nuevos intereses… en general de una confusión de nuevos sentimientos emergentes.
La mayor parte de los adolescentes cuando tienen quince años pueden realizar ya las funciones sexuales como si fueran adultos, sin embargo la sociedad exige y espera del adolescente que postergue hasta el matrimonio sus satisfacciones sexuales. Este cambio, esta maduración sexual en lo físico, se encuentra sometido a los convencionalismos sociales. El adolescente forma parte de una familia y tiene que integrar sus nuevos intereses en la vida familiar. Esta difícil situación se agrava porque raramente un adolescente obtiene una contestación sincera y clara, de un adulto, cuando plantea cuestiones sobre materia sexual. En la mayoría de los casos los adultos aparentan una conducta sexual más puritana que la que de verdad mantiene. Esto puede colaborar a desconcertar al adolescente que no sabe si ceder a las pasiones sexuales, que ya sienten, o atenerse a las normas de comportamiento que le intentan inculcar los adultos.
Como los impulsos eróticos ejercen una presión intensa y, a su edad, no tienen acceso a una vida sexual adulta, la solución más frecuente suele ser la masturbación. Virtualmente todos los muchachos varones se masturban y probablemente cerca de los dos tercios de las muchachas también recurren a esta actividad cuando siente pulsiones eróticas.
Puesto que la continencia sexual es perfectamente compatible con la vida, un sujeto puede aprender a no satisfacer sus pulsiones sexuales de forma inmediata, canalizándolas o sublimándolas, en una amplia variedad de actividades -trabajo, deportes, arte y otras formas de actividad creadora-. De no encontrar sustitutivos y cauces adecuados de expresión, estos impulsos pueden reprimirse o incluso dar lugar a una perversión.
Diversas investigaciones han establecido que los muchachos con un grado de escolarización sólo primario realizan prácticas premaritales con una frecuencia siete veces mayor que los universitarios y estos, sin embargo, practican más la masturbación.
Si en lo físico y psicológico es difícil precisar cuándo termina la adolescencia, en lo sociológico es más difícil todavía. Ser adulto quiere decir asumir los papeles propios de esta etapa de la vida, tales como la adquisición de al independencia económica, el desempeño de una profesión, el matrimonio, la paternidad. En general, en las culturas primitivas se es más pronto adulto. En las culturas de tipo occidental generalmente cuesta más tiempo llegar a asumir un papel adulto, del mismo modo que los jóvenes que se incorporan de forma temprana al mundo laboral asumen estos roles adultos antes que los que siguen estudios universitarios. Este alargamiento de la adolescencia sociológica también tiene un impacto directo en el desarrollo de su sexualidad cuya llegada a la plenitud se va alcanzando cada vez más tarde.
Si “” te ha parecido interesante únete a nuestra comunidad de FACEBOOK y compartelo con tus amigos.
Articulos relacionados:
Etiquetas: Adolescencia, conflictos, Educacion, Familia
Escrito por carmen Última actualización de " LA ADOLESCENCIA : "Martes, 22 junio 2010 09:39

Yo tengo dos hijos adolescentes y acabo de leer un libro que se llama Un adolescente bajo mi techo y no solo que me he reído mucho sino que aprendido cosas y sobre todo me he acordado de cuando yo era una adolescente lo cual me está ayudando mucho con mis hijos. Se lo recomiendo.