La Guerra de 1812 de EEUU contra Inglaterra

La Guerra de 1812 de EEUU contra Inglaterra
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La Guerra de 1812 de EEUU contra Inglaterra

Al mismo tiempo que se preparaban para otra guerra con Gran Bretaña, los Estados Unidos sufrían a causa de las divisiones internas. A diferencia del sur y el oeste, que estaban a favor de la guerra, Nueva York y Nueva Inglaterra se oponían a ella porque era nociva para su comercio.
La Guerra de 1812 de EEUU contra Inglaterra
La declaración de guerra se había hecho cuando las fuerzas armadas aún no estaban del todo preparadas. Había menos de 7.000 soldados regulares, distribuidos en bases muy dispersas a lo largo de la costa, cerca de la frontera con Canadá y en las comarcas remotas del interior. Esos soldados necesitaban contar con el apoyo de la indisciplinada milicia de los estados.

Las hostilidades entre los dos países se iniciaron con una invasión al Canadá, y si ésta se hubiera llevado a cabo con la debida oportunidad y eficacia, habría dado lugar a una acción concertada contra Montreal. Sin embargo toda la campaña se malogró y terminó con la ocupación de Detroit por los británicos. A pesar de todo, la Marina de Guerra de los Estados Unidos tuvo también algunos éxitos y con eso se restableció la confianza. Además, los corsarios estadounidenses invadieron el Atlántico y capturaron 500 naves británicas en los meses del otoño y el invierno de 1812 y 1813.

La campaña de 1813 giró en torno del lago Erie. El General William Henry Harrison -quien más tarde sería presidente- encabezó un ejército de milicianos, voluntarios y soldados regulares de Kentucky, con el objetivo de reconquistar Detroit. El 12 de septiembre, cuando él estaba todavía en la región alta de Ohio, recibió la noticia de que el Comodoro Oliver Hazard Perry había aniquilado a la flota británica en el lago Erie. Harrison ocupó Detroit y siguió su avance hasta Canadá, derrotando en el río Thames a los británicos en fuga y a los aliados indígenas de éstos. Así fue como toda la región quedó bajo el control de los Estados Unidos.

Otro viraje decisivo de la guerra se produjo un año más tarde, cuando el Comodoro Thomas Macdonough fue el vencedor en un duelo a boca de jarro contra una flotilla británica, en el lago Champlain, en la parte alta de Nueva York. Privada del apoyo naval, la fuerza de invasión británica de 10.000 hombres se retiró a Canadá. Más o menos en la misma época, la flota de Gran Bretaña recibió la orden de "destruir y arrasar" y se dedicó a hostigar el litoral del este. Durante la noche del 24 de agosto de 1814, una fuerza expedicionaria irrumpió en Washington, D.C., la sede del gobierno federal, y le prendió fuego. Entonces el Presidente James Madison huyó a Virginia.

En el curso de la guerra, los negociadores de Gran Bretaña y de los EUA se exigían concesiones entre sí. Sin embargo, los enviados británicos, al saber de la victoria de Macdonough en el lago Champlain, aceptaron hacer concesiones. A instancias del Duque de Wellington para que sus negociadores llegaran a un acuerdo, y ante el agotamiento de sus arcas nacionales, los británicos aceptaron el Tratado de Gante en diciembre de 1814. En éste se acordó el cese de las hostilidades, la restauración de las conquistas y la creación de una comisión para la solución de disputas fronterizas. Sin saber que ya se había firmado un tratado de paz, los dos bandos siguieron luchando en Nueva Orleans, Louisiana. Bajo el mando del General Andrew Jackson, los estadounidenses obtuvieron allí la mayor victoria de la guerra, en tierra firme.



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Cuando los británicos y los estadounidenses hacían negociaciones para llegar a un acuerdo, los delegados federalistas elegidos por las legislaturas de Massachusetts, Rhode Island, Connecticut, Vermont y New Hampshire, se reunieron en Hartford, Connecticut, en una asamblea que fue el símbolo de la oposición a "la guerra del Sr. Madison". Nueva Inglaterra se las ingenió para comerciar con el enemigo durante el conflicto y, de hecho, algunas regiones prosperaron en virtud de ese comercio. A pesar de todo, los federalistas se quejaron de que la guerra estaba llevando la economía a la ruina. Varios delegados de la convención propusieron la separación de la Unión, pero la mayoría llegó al acuerdo de adoptar una serie de enmiendas constitucionales con el fin de limitar la influencia de los republicanos. Esas enmiendas consistieron, p. ej., en la prohibición de todos los embargos que se prolongaran por más de 60 días, y en la disposición según la cual no podía haber dos presidentes sucesivos oriundos de un mismo estado. El hecho es que sólo cuando los mensajeros de la Convención de Hartford llegaron a Washington, D.C., se percataron de que la guerra ya había terminado. A raíz de esa convención, cayó sobre los federalistas un estigma de deslealtad del cual ya nunca se pudieron recuperar.

 

El comercio estaba ayudando a consolidar la unidad nacional. Las privaciones de la guerra convencieron a muchos de la necesidad de proteger a los industriales del país, hasta que éstos se pudieran enfrentar por sí solos a la competencia del extranjero.

Muchos decían que la independencia económica era tan esencial como la independencia política. Para alentar la autosuficiencia, los líderes del Congreso Henry Clay de Kentucky y John C. Calhoun de Carolina del Sur instaron a adoptar una política de "proteccionismo" (es decir, la imposición de restricciones a los bienes importados, con el fin de fomentar el desarrollo de la industria nacional).

El momento era propicio para elevar los aranceles aduaneros. Los pastores de Vermont y Ohio pedían protección contra el arribo de la lana inglesa. En Kentucky, la nueva industria de tejidos de cáñamo local con los que se hacían sacos para empacar algodón, se veía amenazada por las empresas del mismo ramo en Escocia. La ciudad de Pittsburgh, Pennsylvania, que ya era un floreciente centro de la fundición de hierro, estaba ansiosa de desafiar a los proveedores británicos y suecos de ese metal. El arancel aprobado en 1816 impuso derechos bastante altos para dar una protección real a los fabricantes. Además, los habitantes del oeste eran partidarios de un sistema nacional de caminos y canales, que los comunicara con las ciudades y los puertos del este, y pugnaban también por que las tierras de la frontera se abrieran a la colonización. Sin embargo, no tuvieron éxito en sus demandas de que el gobierno federal tomara parte en el mejoramiento del país, pues tropezaron con la oposición de Nueva Inglaterra y del sur. Los caminos y canales siguieron siendo de la competencia exclusiva de los estados hasta 1916, cuando se aprobó la Ley de Carreteras Federales.

La posición del gobierno federal en esa época se reforzó en gran medida con varias decisiones de la Corte Suprema. Un federalista comprometido de Virginia, John Marshall, fue nombrado presidente de ese tribunal en 1801 y se mantuvo en el cargo hasta su muerte, en 1835. Con él la corte -que era débil antes de su administración- se transformó en un tribunal poderoso y se elevó hasta un plano de igualdad con el Congreso y el presidente. En una serie de decisiones históricas, Marshall nunca se desvió de un principio cardinal: mantener la soberanía de la Constitución.

Marshall fue el primero en la larga lista de jueces de la Corte Suprema cuyas decisiones han moldeado el significado y la aplicación de la Constitución. Cuando él concluyó su largo servicio, la corte había juzgado casi 50 casos que se referían en forma clara a asuntos constitucionales. En uno de los veredictos más célebres de Marshall -Marbury vs. Madison (1803)- se estableció en forma decisiva el derecho de la Corte Suprema a revisar la constitucionalidad de cualquier ley del Congreso o de las legislaturas de los estados. En McCulloch vs. Maryland (1819), que se refirió a la vieja cuestión de las facultades implícitas del gobierno bajo la Constitución, él defendió con audacia la tesis hamiltoniana de que la Carta Magna le otorga al gobierno, de un modo explícito, poderes que van más allá de los declarados en forma expresa.

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