Amor y cariño

Amor y cariño
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¿que diferencias hay entre el amor y el cariño? ¿No sabes si sientes amor o cariño? Este articulo de FRANCISCO GRANDMONTAGNE publicado originalmente en Diario “El Sol” ( Madrid , 1924) Te ayudará :-)
Amor y cariño

Se ha dicho muchas veces que el matrimonio es la tumba del amor. Por eso sin duda los diversos poetas que han cantado la vida de Don Juan no casan nunca a su héroe. No han querido someter a prueba su capacidad amorosa ni la consistencia de su sentimiento.

Y es que Don Juan no es un verdadero amador. Su reinado estaría mejor en Fez que en Sevilla. Balvo, un filósofo modesto, pero de muy segura visión, destruye con cuatro palabras todas las apologías rimadas que se han hecho de Don Juan: "Quien ama a muchas, no ama mucho; quien ama a menudo, no ama largo tiempo; quien ama con variedad, no ama dignamente".

Entre los poetas y este discreto filósofo, la elección no es dudosa. La consistencia del amor se prueba en el matrimonio; solo una larga convivencia nos demostrará si el corazón está bien puesto, en quicio permanente. Don Juan viene a ser un pillete de la sensualidad que anda entre las incautas dando el camelo del amor. Los poetas no le atribuyen facultades engendrantes, para así eximirle de todo sentimiento de responsabilidad. Quien no responde de las derivaciones de su erotismo en su contacto con la doncellez, no es más que un granuja en libertad por deficiencias del Código Penal

Por lo demás, algo hay de cierto en eso de que el matrimonio es la tumba del amor. No en balde la frase goza de tanta difusión en el mundo. Pero ello se debe a que el amor, en su forma exaltada y ardiente, no es, como dice Voltaire, más que un cañamazo dado por la Naturaleza y bordado por la imaginación. Ahora bien (pase el giro parlamentario): el cañamazo, la belleza física, no resiste la tiranía del tiempo que imprime las tristes huellas de la decadencia; y la imaginación, bordadora también, acaba por sosegarse y quedar sustituida por una dulce y reflexiva calma.

Entonces el amor, limpio de erotismo, que suele ser el motor de su arrebato, no tiene más que una salvación: el cariño. Los poetas siempre han desdeñado, por subalterno, este sentimiento, que es mucho más fundamental y más sólido que el amor. El amor es la llama; quizá no pase de una fogata fugaz; el cariño es el rescoldo hecho de la buena lumbre diaria del hogar, de la mutua adhesión, del perdón mutuo, de la recíproca tolerancia, de los comunes gozos y sufrimientos, de las esperanzas unísonas y de la fusión de las lágrimas.

El amor, que acaso no sea más que un producto artificial de la literatura, tiene un enemigo que lea vence siempre: el tedio. El cariño no tiene enemigo que le venza, porque está apoyado en el firme sentimiento de convivencia. Vale más, mucho más, el calor del rescoldo que el de la fogata. Cuando la fogata no se convierte en rescoldo, solo quedan en ella frías cenizas. Brasa y no pavesa ha de ser lo que quede de la juvenil exaltación espiritual y del ardor de los sentidos. El amor, como el rayo, surge de una manera instantánea y fulminante: "El amor nace a primera vista; vive y muere en los ojos", dice Shakespeare. Es, además, un poco fetichista; prende en un detalle físico, como los incendios que tienen su origen en una cerilla. En esta rapidez y en este fulgor de relámpago estriba precisamente el peligro por lo que toca a la duración del amor, pues es difícil mantener la vida en tan fulminante tensión. "¡Te amo!" es una frase de novela, excesiva, afectada, teatral. "Te quiero" es un concepto más sencillo, más grave, más profundo y más humano. Y, probablemente, cumplirá mejor los fines efectivos del connubio quien dice "te quiero" que quien, enajenado y frenético, exclama, imitando a Don Juan: "¡Te amo!…"

 

EN VÍNCULO DEL CARIÑO

Saber convivir… He ahí el secreto. Dar reglas fijas es imposible, puesto que hay tanta variedad de caracteres y de circunstancias cuantas parejas constituyen la organización monogámica del mundo.

Desde luego, la cualidad esencial de la mujer es la dulzura. La palabra suave quebranta la ira. Una mujer colérica es el mayor tormento de un hogar; produce la impresión de un canario hidrófobo, algo, en fin, absurdo, y horrible.

Cuenta César Cantú, en las bellas páginas de Il Galantuomo, que uno de los siete sabios de Grecia ­no recuerdo cuál, ni importa­ tenía un discípulo que estaba enamorado. Lleno de entusiasmo refería al maestro las cualidades de su futura. "Es hermosa como el lucero de la mañana", decía el joven. El filósofo escribía: "Cero." "Es rica como la heredera de Creso", añadía el doncel. El genio griego volvía a escribir: "Cero." (La dote, pensaría probablemente el filósofo, es la gran virtud de los padres.) El enamorado agregó: "Es noble." "Cero." "Tiene buena parentela." "Cero." El pobre novio miraba atónito a su querido maestro. Por último, le dijo: "Tiene un carácter dulce." Y entonces el sabio heleno, el más sabio de los siete sabios, estampó la unidad a la izquierda de todos los ceros que había ido poniendo para demostrar que sólo así adquirían valor las demás cualidades.

Todo es grato al lado de una mujer dulce; todo es amargo y triste al lado de una irascible. Seductora es la belleza, atrayentes la espiritualidad y el donaire; pero es la dulzura la que más retieneal hombre y más se adentra en su espíritu. Y la felicidad radica en retenerse mutuamente. Madame Necker, cuyo ingenio lució tanto en los salones da Versalles en los momentos precursores de la Revolución, cuando todas las pasiones estaban a punto de estallar, solía decir a sus amigas que las palabras ofenden más que las acciones, el tono más que las palabras y el aire más que el tono. La esposa del famoso hacendista hubiera podido dictar una cátedra de psicología conyugal. Dulzura, suavidad. Los hombres rompen los eslabones de una cadena de hierro; en cambio, hallan agradable la atadura si ella está formada por tenues hilos de seda. Sean las palabras femeniles como los brazos en las horas de deliquio: suaves, blandas, dóciles.

Una mujer díscola, colérica y violenta denota, a la vez, obtusa inteligencia. Pellegrini, el gran presidente argentino, hombre, además, muy mundano, y profundamente observador, solía decir que el matrimonio es un viaje demasiado largo para hacerlo en mula. La testarudez es buena y honrosa en los generales que defienden un fortín. Para la mujer, por el contrario, ceder es triunfar, siempre que el marido sea tierno, delicado y comprensivo. Ha de ser la mujer como la cera, dócil al moldeo, que al fin el moldeador suele adquirir el carácter de lo moldeado.

Cuando los hombres elogian el ingenio, la gracia, la belleza, la elegancia o cualquier otra cualidad física o moral, lo hacen sin mayor calor. En cambio, cuando dicen: "Mi mujer es una pastaflora", dan a su expresión un tono de íntima ternura que revela cuánto impresiona a su espíritu esta condición femenina. La popular frase transcrita encierra las principales virtudes de la mujer: la bondad, la resignación, el avenimiento a todas las circunstancias, la tolerancia, la encantadora docilidad. Son los hechizos que nunca se marchitan.

La dulzura va formando la trama de todos esos valores morales en que se funda la vinculación cariñosa, derivada de una armónica convivencia. El amor alimenta generalmente su fuego de la belleza física; el cariño es fruto de la belleza del carácter. La hermosura física es de una rápida fugacidad; un carácter bello perdura hasta la muerte. El hábito destruye en el amor la poesía del primer día.

Al remitir la fiebre voluptuosa se abre a la inteligencia un vasto campo crítico. Según la acertada definición de Chamfort, el amor es un comercio borrascoso que casi siempre acaba por una bancarrota. El cariño no quiebra nunca, porque la cualidad moral en que se apoya es permanente. La quimera del amor es la constancia. El cariño es constante sin quimera.



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KADIJAH , 0 LA PERFECTA ENCARIÑADA

Jamás la mujer ­y esto es importantísimo­ debe herir al marido en aquello en que cifra su amor propio, sentimiento que suele ser más fuerte que el amor mismo; como que muchas veces se ama por amor propio, más aún que por amor a la persona amada. La mujer ha de tener una fe constante y espontánea, no, simulada, en aquellas aptitudes y cualidades en que el hombre funda su personalidad espiritual.

La primera mujer de Mahoma, Kadijah, ofrece eternamente al mundo femenino un ejemplo histórico de este género de adhesión. Sabido es que el profeta árabe, antes de lanzarse a sus predicaciones, era mayordomo en la granja de Kadijah, viuda de buen ver, aunque le doblaba en años, con la cual se casó. "Ya casado ­dice Carlyle en Los héroes­ vivió la vida más plácida que pueda imaginarse, queriéndola con inmenso cariño y, a la vez, con respetuoso afecto."

Inició Mahoma la lucha con los koraitas y sus ídolos. Murió Kadijah y, muchos años después, unióse a Ayesha. Dejemos la palabra al historiador y filósofo inglés. "Nunca olvidó el profeta a su buena Kadijah. Cierto día, Ayesha", su, joven y favorita esposa, que era muy estimada entre los muslimes, le preguntó: "¿No valgo yo más que Kadijah? Ella era viuda, vieja y había perdido todos sus hechizos. ¿No es verdad que me quieres más que quisiste a ella?" Y Mahoma replicó al punto: "¡No, por Alah, no!; la quise como nunca he de querer, porque ella fue la primera en creer en mí cuando nadie me creía.

"El Alcorán podrá ser un tejido de sofismas y mentiras; pero la respuesta de su autor a la bella Ayesha encierra una verdad eterna: la forma más profunda y duradera de querer a un hombre radica en creer en él, en la virtualidad esencial de su espíritu, en lo que basa su personalidad.

Aunque hemos dicho, pocas líneas antes, que la creencia ha de ser espontánea y no simulada, inútil será advertir que nos referimos a lo fundamental y no a los detalles. Para aclarar el concepto narraré un pequeño episodio. Era yo huésped de un matrimonio amigo en una "estancia" de los campos argentinos. La señora poseía una inteligencia muy ágil, vivaz y graciosa. Un día me dijo: "Mi marido es un hombre bonísimo, inteligente, gentil, cordial, que me quiere tanto, tanto… como yo a él; lo que equivale a buscar términos de comparación con lo infinito. Es aficionado a la Historia Natural y presume de conocer como nadie, y conoce ­¡vaya, ya lo creo!­ la fauna argentina, y muy especialmente ­aquí está su amor propio­ las aves noctívagas que vuelan por nuestros campos al morir el día.

Paseando a esa hora por nuestro parque de eucaliptos, ha confundido alguna vez el carancho (búho pampero) con la lechuza; porque mi marido nunca tuvo buena vista, excepto cuando me eligió a mí… Bueno…; pues yo nunca le contradigo, porque, además de herir su amor propio de entendido en aves nocturnas, le molestaría mi advertencia, significándole que tiene malos ojos, y los tiene hermosísimos, aunque ven poco. ¿Para qué contradecirle? ¿Para qué herir su amor propio de naturalista? ¿Qué más da que aquello que voló sea lechuza o sea carancho? La cuestión es que él sea feliz creyéndose dotado de excelente vista. Y si es dichoso con mi asentimiento, ¿por qué negárselo? A veces, él mismo sale de su error, y entonces, enternecido, paga a través de conferencias con un abrazo mudo la intención de mi aquiescencia. Y este abrazo de mi marido vale más, mucho más, que toda la fauna, incluso la humana, que puebla la Tierra."

A través de la fronda de los eucaliptos filtrábase la luz azul del anochecer. Contemplé conmovido a la dulce dama. He ahí un ejemplo sencillo de tierna adhesión, de cariño inteligente, tesoro afectivo inacabable en el corto tránsito por la vida. Una herida de amor propio tarda mucho en curarse; quizá no cicatriza bien nunca. Queda siempre un sordo resentimiento. Y el resentimiento ­la misma palabra lo dice­ es el sentimiento más terne, más perenne, de más triste duración. El amor es turbulento y no poco egoísta; el cariño es inteligentemente generoso y guardián de la felicidad cuando ha pasado la llamarada de los sentidos. Triste es la vida si, al término de la arrebatada vibración de la materia, no queda, como en el cielo después de la tormenta primaveral, un iris que nos ilumine dulcemente el resto del penoso camino. El cariño es mejor que el amor, como el iris es mejor que la canícula.

"El matrimonio es como la muerte; pocos llegan a él bien preparados", nos dice Tomaseo. Ello se debe a que tanto el amor como la muerte son sucesos que se producen en forma inesperada, cuando menos se piensa. El amigo Tomaseo hizo una frase bonita, pero muy objetable. Ni en el matrimonio ni en la muerte hay experiencia previa para prepararse. Uno se muere sin saber cómo, y después de muerto, parece que ya nadie discurre. Sería necesario que se repitiese la suerte para, con la experiencia adquirida, saber prepararse. En el matrimonio pasa lo mismo: no se ha experimentado; de modo que la preparación es imposible. El mejor preparador es el cariño inteligente en la convivencia. Valiéndonos del bello concepto de Segur, podemos decir que el cariño va formando las Islas Afortunadas, donde se dan, conjuntamente, los pimpollos, las flores y las frutas.

Gran vencedor de escollos es el cariño. Los santos, "la aristocracia celestial", que dice Eça de Queiroz, fueron casi todos solteros, con lo cual su santidad desmerece un poco por falta de sometimiento a prueba completa. No es bueno para el santo parecerse, aunque sea en una sola cosa al diablo, que también permanece siempre soltero, si bien con la paradoja inexplicable de los cuernos…

Los que peor preparados llegan al matrimonio son los hombres dedicados a la vida intelectual. El literato, el mismo filósofo, el pintor, el músico, los artistas en general, son peligrosos porque su arte y su filosofa están siempre en primer término, antes que la mujer.  Además son un poco raros y no poco arbitrarios. Ya lo señaló el espíritu sagaz de Daudet. Los mejor dispuestos para el matrimonio son los políticos, pero no los dogmáticos empecinados, no los caudillos llenos de exaltación, ni los oradores famosos, que son también, como los artistas, un poco peligrosos, sino aquellos que tienen aptitudes de gobernantes. La razón radica en que, siendo el gobierno del Estado una serie de concesiones, llegan bien preparados al matrimonio, que es igualmente otra serie de concesiones. Además saben hacer fortuna, cosa que, generalmente, ignoran los artistas.

Terminemos. Téngase en cuenta que el problema es arduo y llena todas las bibliotecas del Universo, sin que se haya resuelto satisfactoriamente. Solo insistiré en que el cariño vale más que el amor, porque es más sostenible, más durable, más permanente. Lope de Vega, voto de calidad, pues fue un Don Juan efectivo, lleno de devaneos y tormentosas pasiones, nos dice en su comedia El mayor imposible estas palabras razonables sobre la exaltación amorosa:

Que muchos que se han casado

forzados de un amor loco,

suelen después hallar poco

de lo mucho que han pensado.

¡Cariño, cariño, dulce, sereno y solidísimo sentimiento! En ti reside la dicha duradera. El cariño surge de convivir. El amor nace antes de haber convivido. Con frecuencia perece en la prueba…

(Diario  “El Sol”  ,   Madrid  , 1924 )

 

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3 comentarios
  1. Cala bien hondo este Don Francisco del 98 cuando nos lega sus reflexiones sobre el inadvertido tesoro del cariño versus el amor , hoy el primero políticamente incorrectísimo. Se han derramado volgas de tinta exaltando la pasión romántica , pero la cenicienta ha sido siempre el estado de suave bienestar que le sustituye y continúa. Si será uno bruto que servidor no había caído en las tremendas ventajas ( contrapuestas al sufrimiento y tortura que comporta el estar loco por alguien ) del rescoldo que resta cuando la llamarada emocional se ha extinguido , que suele ser pronto.
    El Abuelo , en su magistral opúsculo que nos ha cautivado , entusiasma por lo obvio y paradójicamente novedoso de su desguace del “simple” afecto residual.
    Nos hace un exquisito favor al demoler -ya era hora- el mito sacralizado del enamoramiento y el daría la vida por ti. Cuando se agota el fuego ( 1 % en su fugaz cronología ) , subsisten y a pleno gozoso rendimiento las opulentas cenizas ( 99 % ) de la madurez y peinar canas aunados.
    Emociona pensar en el sosegado buen vivir que se habrían construído mutuamente hasta la tumba Romeo y Julieta si el de Hamlet no los hubiese liquidado en el cénit de la euforia erosexual. Pepe , tu mentor suscribe una admirable acta notarial certificando las duraderas y prácticas prebendas heredadas tras el fenecer , supuestamente trágico , del arco voltaico lóvico.
    Me complazco en imaginar el confortable respeto y la cálida deferencia que Emma Bovary le otorgaría a su fogoso amante unos años después. Los poetas y novelistas nos han vendido con trampa pólvora mojada al elevar a los altares la toxicomanía amorosa , sin hacer referencia obligada al grial cotidiano de lo que perdura : la panacea del cariño , extremadamente llevadera , con la que sí vuelven las golondrinas becquerianas , y en la cual se convive rejodidamente a gusto.
    En la luenga etapa del cariño postamoroso vivimos como Dios , pero somos tan inmaduros que no nos damos ni cuenta de la dulce felicidad sin sobresaltos en la que estamos inmersos , debido a la frustración ocasionada por no estar ya al rojo vivo como antaño , efecto perverso de la propaganda inculcada por los romantólogos durante milenios. Gracias , maestro Grandmontagne , por hacernos ver las hermosas y plácidas sinecuras que deja el amor en su estela vitalicia , una vez que gracias a Dios se le ha acabado la gasolina.

  2. Es un gran texto sobre el sentir en los años que se escribio 1924.
    Lógicamente desfasado para los tiempos que corren, pero es un gusto poder leerlo. Muchas gracias por recuperar este texto.

  3. linda imagen

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