La historia del doctor Bourbaki y otros fraudes famosos

Última modificación el Sábado, 4 abril 2009 10:40 Autor: Jordi Martes, 24 febrero 2009 10:36

La historia del doctor Bourbaki y Otros fraudes famosos
Todo comenzó cuando cierta vez un matemático, el Dr. Bourbaki, fue invitado a pronunciar una conferencia en la Ecole Normale Supérieure de París. El hombre venía precedido de impresionantes antecedentes como matemático: miembro notable de la Academia Real de Poldava, y autor de muchísimas obras de la especialidad, muchas de ellas publicadas por el Institut Mathématique de l’Université de Nancago donde además era uno de sus más brillantes profesores.

Ese día disertó ante importantes funcionarios y, aunque nadie pudo entender nada, todos le expresaron su admiración felicitándolo efusivamente. Desde entonces, desapareció y nunca más se lo volvió a ver en público.

En realidad, este Dr. Bourbaki jamás existió. Fue el invento de un grupo de individuos con cierto sentido del humor que contrataron a un actor para que improvisara una disertación totalmente falsa y plagada de ideas sin sentido y fórmulas descabelladas. Quienes le escuchaban tampoco se animaron a hacer preguntas, quizá por miedo a mostrar su ignorancia.

Los autores de la farsa fueron un grupo de auténticos matemáticos franceses, de los más brillantes del siglo, y que en la realidad habían publicado alrededor de 1939 una monumental obra de su especialidad empleada asiduamente en todo el mundo (los “Elementos de Matemática”), bajo el seudónimo colectivo de Nicolás Bourbaki. Al elegir este apellido se inspiraron en un auténtico general que había intervenido en la guerra franco-prusiana de 1871, de nombre Charles Bourbaki, y de quien se contaban desopilantes anécdotas como aquella que afirmaba que luego de fracasar en una batalla intentó suicidarse con un balazo en la cabeza…pero erró el disparo. Finalmente murió en 1897.

Por supuesto que el currículum que arrastraba el falso conferenciante fue también un fraude. La Academia Real de Poldava nunca existió, lo mismo que la Universidad de Nancago, palabra esta última derivada de Nancy y Chicago, dos de los lugares donde efectivamente trabajaron algunos de los auténticos matemáticos complotados.

No es este, sin embargo, el único caso de currículum fraudulento. Alrededor de la década del ’40, el estadounidense Marvin Hewitt había abandonado sus estudios cuando contaba apenas 17 años, pero sin embargo, a fuerza de inventar sus propios currícula, dictó innumerables clases y conferencias en distintas universidades a lo largo de 8 años.

Solía impresionar con sus notables, aunque imaginarias referencias a las autoridades universitarias, y entre ellas le gustaba incluír un doctorado en filosofía, otro en física, e incluso una vez fue un ‘antiguo Director de Investigación de la RCA’.

Marvin Hewitt, sin embargo, cometió un solo error: solía tomar nombres de auténticos científicos, con lo cual sus fraudes fueron finalmente desbaratados, terminando así su ‘brillante’ carrera como profesor universitario.

… y Otros fraudes famosos

En 1898, Louis de Rougement relató en una conocida publicación una aventura que todos tomaron como auténtica durante mucho tiempo y según la cual, tras haber naufragado en las costas de Australia, había participado en festines de caníbales, se había construído una casa con conchas perlíferas, había mandado mensajes en seis lenguas utilizando pelícanos, y había cabalgado sobre tortugas de 270 kilos, entre otras cosas, incluyendo también el haberse curado de una fiebre durmiendo dentro de un búfalo muerto. Las sociedades científicas invitaron a Rougement a pronunciar conferencias sobre su aventura antropológica, y hasta publicó un libro que causó sensación, titulado “Treinta años entre los caníbales de Australia”. Cuando fue descubierta su farsa, viajó a Africa del Sur donde dictó algunas otras conferencias anunciándose como ‘el mayor embustero del mundo’.

En 1859 Charles Darwin dio a conocer su famosa teoría que causó un gran revuelo, llegando al imaginario popular en forma de una idea: el hombre descendía del mono. Desde entonces todo el mundo se puso a buscar ese ‘eslabón perdido’ entre el simio y el hombre. Nadie lo encontró, pero Charles Dawson, geólogo aficionado, decidió inventarlo, y pulió cuidadosamente un cráneo humano hasta darle una apariencia simiesca, presentando su producto a la comunidad científica y alegando haberlo desenterrado de un pozo de guijarros en Piltdown Common, en Inglaterra (10). Finalmente el Dr. Weiner, de la Universidad de Oxford, descubrió el fraude, y el famoso Hombre de Piltdown, otrora el descubrimiento científico más increíble del siglo XIX, volvió definitivamente a su sepultura.

Sin embargo, en materia de fraudes, tal vez no hubo como un tal Manuel Elizalde, miembro del gobierno de Filipinas, quien sostuvo en 1971 con total convencimiento haber encontrado el pueblo más primitivo de la tierra. Los denominó los “tasaday” y vivían en medio de la selva como en la Edad de Piedra, cubriéndose con hojas y comiendo frutas. Elizalde cercó la zona donde presuntamente se encontraban los tasaday, con el fin de preservar la existencia de tamaña reliquia antropológica, y sólo quince años después pudo descubrirse la trampa. El hombre había contratado a una docena de personas para representar la primitiva tribu, dejarse ‘descubrir’ y, golpe de efecto mediante, lograr consenso para su carrera política.

Ni qué hablar tampoco de aquellos científicos que, a mediados del siglo XIX, anunciaron el descubrimiento del protoplasma básico de donde surgió… nada menos que la vida. Fue denominado el “Bathybius haeckelli”, y era una sustancia viscosa que fue extraída del lecho marino frente a las costas de Irlanda. Se llegó a pensar que todos los mares estaban cubiertas por esta sustancia, la que finalmente resultó ser simplemente barro que, en combinación con alcohol, daba la apariencia -para quien quisiera ver- que la sustancia tenía vida propia.

La historia está plagada de fraudes: algunas otras muestras son el famoso Protocolo de los Sabios del Sion, donde se denunciaba una supuesta conspiración judía para adueñarse del mundo, y una famosa tiara de oro de una ‘antiguedad de 2200 años’, expuesta como tal en el Museo del Louvre durante siete años. Hoy en día la falsa tiera puede verse en algunas raras exposiciones de falsificaciones del citado museo francés.

Sin embargo, el último y más famoso de todos los fraudes fue obra de dos ingleses desocupados y ansiosos por matar el aburrimiento, decididos a jugarle una gran broma a la comunidad científica seria y a los investigadores de Ovnis (11). Utilizando sólo dos tablas, unos trozos de soga y alguna otra herramienta, los señores Bower y Chorley trazaron en diversos trigales del sur de Inglaterra unos extraños círculos donde la vegetación aparecía misteriosamente aplastada. Mr. Bower y Mr. Chorley jamás pensaron que su broma llegaría tan lejos. En poco tiempo había por lo menos 35 expertos en cosechas circulares, y se comenzó a publicar un periódico exclusivo para el misterioso acontecimiento, llamado “The Cereologist”. Un libro sobre el asunto, “Evidencias circulares”, vendió en poco tiempo 50.000 ejemplares, y todos los días apareció una nueva teoría que explicaba el curioso fenómeno, tanto en la ciencia oficial como en el fantástico contexto de la ovnilogía. El físico T. Meaden afirmaba que los círculos eran producidos por remolinos de aire cargados eléctricamente de materia que aplastaba las mieses, mientras algunos científicos japoneses se inclinaban por una especie de rayo circular generado por microondas. Uno de ellos, Otsuki, llegó a decir muy suelto de cuerpo que ‘lo he comprobado porque logré efectos similares en mi laboratorio con ayuda de un computador’.

Ni qué hablar de las explicaciones paracientíficas, que iban desde las huellas de naves extraterrestres, hasta una ‘energía curativa que se extenderá a escala planetaria’. Tampoco faltaron los atribulados dueños de esos campos, que optaron por aumentar sus ingresos organizando tours para mostrar los fenómenos de cerca y hasta para tocar la hierba aplastada, cobrando a razón de una libra por cabeza. No podemos dejar de mencionar la teoría más curiosa de todas, y que afirma que los señores Bower y Chorley son en realidad unos farsantes que inventaron una broma para hacerse famosos, aprovechando un extraño fenómeno que aún hoy persiste sin una explicación satisfactoria. El tiempo dirá, en definitiva, quién tuvo la razón.




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1 Comentario

  1. Jose   |  Miércoles, 01 julio 2009 a 7:21 pm

    Muy Bueno. Muchas Gracias

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